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Con la entonación criolla, ligeramente sarcástica, con que ponía en duda sus propios comentarios, me había dicho: este mundo está excesivamente escrito. Pero hay algunas páginas, pocas, que tienen la textura del tiempo. En la selva impresa, el tiempo gira sobre esas páginas, sobre sí mismo, y nos mira.
Alfonso Reyes, dije yo, afirma que "falta componer el otro Quijote: la historia del ingenioso hidalgo que de tanto leer discurrió escribir".
Este otro Quijote, replicó él, devoró libros, que como dice Gracián son "pasto del alma".
Alguien afirma, afirmé, que la lectura es una "salida del tiempo" y que el lector es sospechoso del "deseo secreto de sustraerse al devenir implacable que conduce a la muerte".
Equivaldría, entonces, al sueño, dijo. Y no sé de nadie que leyese dormido; aunque de Lugones hay que esperarlo todo. Recuerdo ahora que yo mismo he dicho, de joven, que uno entresueña el Ulises.
Si la vida es sueño, en el libro de la vida, ¿quién lee? ¿Alguien que se sueña despierto?, pregunté.
Le voy a repetir una frase que me vino al despertar, no hace mucho: suponer un verdugo que fuese capaz de crear una frase de palabras extrañas a cuya inmediata pronunciación una muerte instantánea aguardase al condenado.
Anoté la frase y dije, con excesivo entusiasmo: sería una frase única, distinta para cada condenado a su propia muerte.
Todos estamos sentenciados, sonrió él, y sería bastante una palabra.
Wallace Stevens, seguí, le preguntó al viento qué sílaba buscaba en la distancia del sueño.
"Vocalíssimus. Dila". Viento. Sílaba. Sueño. El viento es la palabra del sueño, que no habla, comentó él.
Después de una pausa larga, añadió: busca, sin embargo, decirnos algo. Balbucea. Vocaliza, ensaya las vocales posibles. Dirá una cosa por otra, ¿no?
Usted de joven dijo que escribir es hacer una cosa por otra, dije yo, sin poder seguirlo.
No lo recuerdo, advirtió él. Ya ve, sólo nos queda el tartamudeo, el olvido.
Me quedé callado.
La lectura es azarosa, ¿no es verdad? Hay una página que estoy todavía componiendo en la cabeza; ya no escribo y apenas dicto. ¿Quiere oírla?
Abrí mi libreta en una página en blanco y me apresté a copiar. Díctemela, le dije. Mejórela usted, dijo, y dictó:
Elegir un libro en la profusión de los libros. Me detengo en uno cualquiera, y leo una página que creo recordar. La última palabra prosigue en la primera: cuando releo la palabra inicial, el tiempo ya ha pasado. Entiendo que esta página multiplica una misma frase, que sigo como si recuperara el tiempo del comienzo. El libro entero está hecho de esa frase solitaria: su unidad es igual a su infinitud. Así nada está pervertido por la memoria. Pero pronto la frase que retorna sobre sí misma se convierte en una sola palabra, que prolifera en la página. Las hojas del libro buscan decirla, aprisa. El tiempo es bisilábico, y afirma y niega. La palabra que colma el libro, al final, lo excede. Ahora es una sola letra lo que leo: la repito resistiendo el vértigo que expande. Ya su traza abandona el libro, abriéndome los ojos. En el círculo de ese asombro no hay nadie.
En “El arte de la lectura: encuentros con Borges” Por Julio Ortega. Escritor. Crítico literario.Encontrado en: www.nexos.com.mx/internos/saladelectura/borges6.asp
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